I grew up eating polvorones for Christmas but I didn't know back then how special they were. Now in my late 50's in the US without access to them is like is not Christmas without them. There's imitations here in the States but even stores claiming to be true Spaniards don't understand how much difference there's between Felipe II and those other sweets. I'm putting my order in, if no one from my family is traveling I will go for a couple of days just to pick them up. By the way … it would be great if you ship...
Read moreNo hace falta haberlos comido en tu niñez para que los mantecados Felipe II te lleven a ella. Son los mantecados para los que, como yo, somos nostálgicos, nostálgicos de la Navidad de verdad, de la Navidad que era celebración familiar, celebración sin ostentación, de ambiente cálido y tradicional en su decoración, en su sonido, en su olor y su gusto, una celebración en torno a una mesa con deliciosos y clásicos, pero elaborados, platos hechos con cariño, con muy buen saber hacer y con los ingredientes de la mayor calidad que se pudiera porque la Navidad era solo una vez al año y se quería dar a los tuyos lo mejor, no por ostentar, sino por la satisfacción de compartir con la familia lo mejor que uno pudiese ofrecer. Estos mantecados son eso, la Navidad de verdad. Buscan celebrar con los seres queridos, pero no ostentar. Su presentación es tradicional, en papel con la decoración justa para la ocasión. Sus ingredientes son clásicos y de calidad, sin una rara composición, con un aroma a Navidad y sabor auténtico, de siempre, sin extraños aderezos porque una receta buena, por ingredientes clásicos que lleve, no necesita nada más para estar riquísima y con una textura que recuerda a la calidez de la familia, muy suave, apta para todos y, finalmente, estos mantecados son ese plus extraordinario que en Navidad haces el esfuerzo por conseguir para compartir con los tuyos lo mejor porque la Navidad solo es una vez al año. Lo realmente bueno no...
Read moreLa alegría que me trae tomarme un mantecado Felipe II solo es comparable a la felicidad que sentía de niño al recibir el regalo ansiamente esperado por Navidad. La anticipación de saber que iba a poder disfrutar de nuevo de estos mantecados ya dibuja una sonrisa infantil, tan ingénua como pícara. Porque sé que no me detendré al comer el primero, sino que haré varias incursiones furtivas a la bandeja de dulces para robar un par cuando nadie mira. Mis amigos saben que durante el invierno los bolsillos de mi abrigo siempre llevan uno o dos mantecados Felipe II para acompañar al café de la tarde con ellos. Y como con los donetes, todos los miran con envidia y admiración. En ese momento eres el rey de la mesa. Todos callan espectantes a ver si me siento magnánimo y ese día comparto alguno. Rara es la ocasión que no divido un mantecado en dos o tres porciones y lo distribuyo entre los amigos. No ha llegado la ocasión en la que alguien lo haya rechazado, porque en el fondo todos saben que no existe manjar superior. Y tras ese momento en el que se cierran los ojos, se aplasta la masa en el paladar con la lengua y se diluye en la boca. Ese momento en el que la letra M cobra un especial protagonismo solitario en nuestro vocabulario. Todos asentimos sin necesidad de decir nada. Al día siguiente, a la hora del café, todos miran mis manos de nuevo, esperando el momento en el que se van al bolsillo del abrigo. Y en ese momento,...
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